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En
1993 la compañía francesa TGV encargó al
compositor Michael Nyman una obra con la que conmemorar el viaje
inaugural de la línea del tren alta velocidad que unía
las ciudades de Lille y París. El resultado fue: MGV: Musique
à grand vitesse, una obra fascinante, de 26 minutos de
duración, caracterizada por unos ritmos vibrantes e impulsivos
que evocaban la idea del viaje como diversión y como suspensión
del tiempo entre el intercambio de destinos.
En 2006, el coreógrafo Christopher Wheeldon adaptó
MGV para el ballet surgiendo DGV: Dance à gran vitesse,
entrenado por el Royal Ballet de Londres, trabajo que obtuvo (al
igual que la composición musical) un éxito inmediato
y rotundo.
En su coreografía Wheeldon plasma en el movimiento la evocación
de un viaje por la existencia actual. El constante ritmo de la
tecnología se contrapone al suave fluir de líneas
orgánicas; la velocidad incesante tiene su contrario en
momentos de reflexiva inmovilidad. La coreografía se desarrolla
a gran escala, pero siempre es delicada en el detalle. Hay continuidad
y una destacada simetría de principio a fin pero, al mismo
tiempo, cada bailarín expone su personalidad con movimientos
propios que se reflejan en los otros pero que nunca llegan a sincronizarse.
Esto
provoca una sucesión de instantes de efímera belleza
que piden detenerse para ser contemplados con detenimiento pero
que nunca llegan a hacerlo, sugiriendo la sensación de
un viaje imparable; un movimiento que no se interrumpe, ni siquiera
cuando la música concluye.
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